A una década del referéndum, el balance económico del Brexit muestra inflación persistente, menor inversión, pérdida de peso financiero y un crecimiento débil frente a otras economías avanzadas.
A diez años del referéndum que definió la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el balance económico sigue atravesado por tensiones estructurales. Inflación persistente, menor inversión, pérdida de peso financiero y bajo crecimiento forman parte del cuadro que dejó la última década.
Existe consenso entre buena parte de los economistas en que el Brexit afectó el rendimiento económico británico, aunque separar su impacto del de la pandemia de COVID-19 resulta complejo. El Reino Unido se ubica entre las economías avanzadas del G7 con peor desempeño en crecimiento per cápita, solo por delante de Alemania.
Los gobiernos que se sucedieron desde entonces no lograron revertir de manera significativa el estancamiento productivo, marcado por una expansión débil y problemas persistentes de productividad.
Desde la votación del Brexit, el Reino Unido acumuló una inflación superior a la de casi todos los países de Europa occidental, con excepción de Austria. Los precios al consumidor registraron un aumento del 41,4% hasta mayo de 2026, según datos oficiales.
Inicialmente, la suba de precios fue atribuida a factores como la caída de la libra en 2016, la pandemia y la guerra en Ucrania. Sin embargo, la persistencia del fenómeno expuso problemas más profundos vinculados a la gobernanza económica, la fragilidad fiscal, la inestabilidad política y la baja productividad.
El economista Adam Posen, expresidente del comité de tasas del Banco de Inglaterra, sostuvo que el país enfrenta una propensión estructural a la inflación. Según su análisis, el Brexit dejó al Reino Unido en una posición más expuesta como economía pequeña y abierta, sin pertenecer plenamente al bloque europeo ni contar con un respaldo equivalente de Estados Unidos.
La inversión empresarial también quedó rezagada. Desde mediados de 2016, creció alrededor de 12%, frente al 23% registrado en Francia y el 48% en Estados Unidos. La incertidumbre sobre las condiciones comerciales posteriores al Brexit fue uno de los factores que afectó las decisiones de inversión.
Uno de los cambios más visibles se produjo en los servicios financieros. En 2015, las exportaciones británicas del sector superaban ampliamente a las de Francia, Alemania, Irlanda, Países Bajos e Italia juntas. Hacia 2024, esos cinco países ya habían superado colectivamente al Reino Unido.
Entre 2015 y 2025, la producción económica del sector financiero británico cayó 27% y el país perdió participación en 10 de las 12 categorías de finanzas internacionales relevadas por la firma New Financial.
Aun así, Londres continúa siendo el principal centro financiero del continente y uno de los mayores mercados globales de divisas, con operaciones diarias cercanas a los US$10 billones.
La libra también refleja parte del deterioro. La moneda británica se mantiene aproximadamente un 10% más débil frente al dólar y al euro que antes del referéndum de 2016, lo que encareció importaciones y sumó presión sobre los precios internos.
Los bonos británicos, además, mostraron una volatilidad superior a la de otras deudas soberanas del G7, lo que contribuyó a debilitar su condición de activo refugio para los inversores.
Los defensores del Brexit sostienen que la salida de la Unión Europea le otorgará al Reino Unido mayor flexibilidad en el largo plazo y remarcan que los peores pronósticos no se cumplieron. Sin embargo, una década después, el balance económico expone una economía con menor dinamismo, más expuesta a shocks externos y con desafíos estructurales todavía sin resolver.