de

Economía Ahora

Coninagro y economías regionales: la vitivinicultura vuelve a quedar en rojo en el cierre de 2025

Coninagro advierte que 2025 volvió a mostrar la fragilidad de las economías regionales. La vitivinicultura junto al 50% de las actividades cierra el año en rojo

Jueves, 12 de Febrero de 2026
(247884)

En ese mapa heterogéneo, la vitivinicultura volvió a ocupar un lugar central entre los sectores más comprometidos, reflejando una crisis persistente que excede el corto plazo.

Lee además

El semáforo y la persistencia del rojo

El indicador, que evalúa de manera conjunta el componente de negocio, el productivo y el de mercado, registró una desmejora respecto del mes previo. La actividad porcina, que hasta noviembre se mantenía en verde, descendió a amarillo, mientras que no hubo mejoras en los sectores ubicados en rojo.

Allí se agrupan la yerba mate, el arroz, la papa, el vino y mosto, las hortalizas y el algodón, actividades atravesadas por un mismo problema: los precios percibidos por los productores crecieron muy por debajo de la inflación y del aumento de los costos operativos, erosionando la rentabilidad y bloqueando cualquier proceso de recomposición sostenida.

Vitivinicultura: un caso emblemático de vulnerabilidad

Dentro de ese grupo, la vitivinicultura aparece como uno de los casos más emblemáticos. No sólo integra el semáforo rojo en diciembre, sino que además exhibe uno de los recorridos históricos más desfavorables. Según la serie acumulada de más de diez años, el sector vitivinícola pasó cerca del 70% de los meses en rojo, un registro que comparte únicamente con los cítricos dulces y que lo ubica como una de las economías regionales estructuralmente más vulnerables.

Los datos recientes refuerzan ese diagnóstico. En noviembre, el precio promedio pagado al productor fue de 343 pesos por litro de vino, con una caída mensual del 11% y una suba interanual de apenas el 4%, muy lejos del 31,5% de inflación del período. Este deterioro del componente de negocio es el principal factor que explica su ubicación en rojo.

Aun cuando la producción mostró una mejora (la campaña 2025 cerró con 19,9 millones de quintales, un 4% más que el año anterior), ese incremento no se tradujo en mejores ingresos, sino que profundizó las tensiones en un mercado ya saturado.

El componente productivo también refleja señales de ajuste. El área destinada a la vitivinicultura se redujo un 2%, hasta las 200 mil hectáreas, confirmando un proceso lento pero sostenido de retracción.

En paralelo, el consumo interno continuó su tendencia descendente: en 2025 se ubicó en 15,8 litros por habitante al año, un 3% menos que en 2024. Este dato resulta especialmente sensible para una actividad que históricamente tuvo en el mercado interno uno de sus principales pilares de sostenimiento.

El frente externo y la presión importadora

El frente externo tampoco aportó alivio. Las exportaciones vitivinícolas totalizaron 950 millones de dólares, con una caída interanual del 4%, mientras que las importaciones alcanzaron los 43 millones de dólares, más del doble que el año previo.

El aumento del ingreso de vinos importados en un contexto de retracción del consumo y precios deprimidos para el productor local agrega presión a una cadena que ya opera con márgenes mínimos.

Este cuadro contrasta con el desempeño de otras actividades. Los sectores ubicados en verde —bovinos, ovinos, granos y miel— mostraron precios que crecieron por encima de la inflación, acompañados por buenos resultados productivos y una inserción externa más sólida.

En particular, el complejo granario volvió a concentrar el grueso de las exportaciones agropecuarias, explicando el 78% de los ingresos totales por ventas externas de las economías relevadas en 2025.

Un problema estructural sin resolver

En perspectiva, el semáforo vuelve a poner en evidencia un patrón que se repite: las economías regionales más diversificadas, con mayor escala y mejor acceso a mercados externos, logran amortiguar los ciclos adversos, mientras que aquellas más dependientes del mercado interno y con estructuras de costos rígidas, como la vitivinicultura, quedan expuestas a crisis prolongadas.

La persistencia del rojo en el vino y el mosto no responde a un mal año aislado, sino a desequilibrios acumulados que combinan precios atrasados, caída del consumo, presión importadora y una rentabilidad cada vez más estrecha.

Un interrogante abierto para 2026

El cierre de 2025 no sólo confirma la fragilidad del sector vitivinícola, sino que vuelve a plantear un interrogante de fondo: sin cambios estructurales que recompongan el componente de negocio y reordenen la relación entre producción, mercado y precios, la vitivinicultura seguirá siendo uno de los eslabones más débiles del entramado de economías regionales argentinas. FUENTE SITIO ANDINO